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martes, 22 de julio de 2008

Sexto día

Al morir uno puede verse reflejado dentro de sus propias pupilas, echar un último vistazo hacia el interior, tal vez obtener un punto de vista nuevo sobre uno mismo... Probablemente tienen lugar dos vistazos, uno primero hacia afuera que encuadra la tragedia en su escenario y uno segundo hacia dentro con el que el proyecto de cadáver comienza su inmersión hacia la pérdida de consciencia.


Mi sexto día es un silencio, no la muerte. En este sexto día sólo hay silencio, coger aire hasta llenar los pulmones y la contención del aire en ellos.

Silencio, mi sexto día es silencio,
silencio con todos los sentidos alerta
pero sin temor.

Señora, en el sexto día no muere nadie, pero tenga muy presente lo que acaba de escuchar, cada palabra, porque ese día sólo oirá el silencio y sentirá sed.

domingo, 1 de junio de 2008

V.2

"Suicidio: El suicidio es una palabra mal construida: quien mata no es idéntico a quien es matado"
Th. Jouffroy



Deja de actuar para la galería.



Habían llegado hasta el café, la lluvia quedaba fuera, sobre la plaza y la gran escultura de bronce que representaba el rostro de una mujer recostada.



Él pidió por los dos, y al hacerlo Ada tuvo la sensación de verle crecer casi diez años en un instante, pidió dos whiskies con hielo, nada de té. Eran las tres y media según un reloj de pared situado al fondo del local, las cuatro según la hora oficial. El agua seguía cayendo de manera silenciosa en el exterior y aquel murmullo que era el silencio se filtraba entre los dientes de nuestra heroína como humo de tabaco que reposa sobre la lengua, invasivo, agradablemente invasivo.


Sólo estaba presente su respiración, las gotas de agua resbalando sobre los hombros desnudos y el sonido de los hielos al chocar entre ellos dentro de su baño alcohólico. Ada bebía despacio, pensaba en algo que decir, aunque aquel no era un silencio incómodo, aún así sentía la necesidad de decir algo y justo cuando encontró un par de palabras con las que abrir adecuadamente la conversación, la música comenzó a sonar, una música sombría que la detuvo justo cuando iba a soltar el silencio de su boca.



El whisky puede parecer un error en ocasiones, pero a estas horas es la mejor opción, incluso cuando parece un error.


Ada asentía mecánicamente mientras el alcohol le doblaba la mente. Con los pensamientos a la deriva, intentó centrarse en la sonrisa de su acompañante, era una sonrisa agradable que le invitaba a una copa más cuando había tomado dos.
El segundo trago de la tercera copa fue definitivo, el espacio se redujo alrededor de aquella sonrisa cómplice, la luz tenue se deshilachaba hasta quedar reducida al recuerdo, Ada presenció desde su interior aquella reducción de la realidad sin ser consciente hasta que se encontró en una absoluta oscuridad.


En la oscuridad sólo quedaba su respiración, el miedo la dificultaba, estaba sola allí, ¿allí? ¿dónde era "allí"? Sentía que llevaba el mismo camisón húmedo por la lluvia, seguía sintiendo las gotas de agua que saltaban de su pelo a sus hombros; caminos inciertos...

Oscuridad, respiración, Ada miró allí donde debía estar su tripa y entonces pudo ver un enorme cuchillo apuntando a su ombligo, avanzaba despacio, no podía ver quién lo sostenía pero no quedaba demasiado espacio para evitar el mortal choque entre la carne y el metal.
No sabía si era ella misma la que dirigía el arma, ¿era ella o alguien quería asesinarla? ¿era ella? Ada dudaba seriamente mientras observaba al cuchillo avanzar y encogía el estómago asustada.

En cuanto su carne se rasgó el tiempo cambió de ritmo, se aceleró, sintió la sangre brotar de muy dentro, en la tripa y entre las costillas. Dos hendiduras y estaba de vuelta en el café a las cuatro y media de la madrugada, con una sonrisa amable preguntándole si prefería el té prometido en un principio.


No... Ada prefiere salir un momento a la calle, sin compañía, sin alegría, el alcohol pesa en los pies y en la cabeza. Al abrir la puerta y posar de nuevo su desnudez en la acera Ada nota el dolor agudo, se lleva las manos a la tripa, las encharca en sangre. Todo es presente, presente presente presente.

Aquí y ahora Ada consigue sobreponerse al alcohol gracias al terrible dolor de sus entrañas, la puñalada del estómago no es excesivamente profunda, pero la que se coló entre sus costillas ha dejado la membrana exterior del pulmón muy dañada, si fuerza la respiración todo puede acabar muy deprisa. Sentada en un banco empapado por la lluvia que dejó de caer, Ada lucha contra ella misma, contra la necesidad de respirar más profundamente, con el dolor como muestra más certera de que aún vive, no puede evitarlo y la respiración se acelera hasta explotar y matarla.

Mientras muere Ada aún no sabe quién la ha matado, fue un cuchillo pero, ¿fue ella misma? Así, adentrándose en una oscuridad diferente, Ada Ada Ada, este ha sido el quinto día, algo ocurrió y sabes que fue el quinto día porque no sabes quién provocó el encuentro entre el acero y tu muerte.

lunes, 5 de mayo de 2008

V.1

Era el pánico a la incertidumbre lo que la mantenía despierta, con los ojos muy abiertos y las piernas recogidas entre los brazos. Sentada, tumbada, de cualquier forma pero siempre con las piernas cercanas al pecho, como si temiera que al separarlas su corazón pudiera escapársele del cuerpo. La angustia que ahoga, que encoge el pecho cuando en realidad se siente que lo que llevas dentro no cabe, explota... pero no, no lo hace y permanece la angustia indefinidamente, unos días con mayor intensidad, algunas horas como un murmullo molesto, inquietante, siempre ahí.



En esa noche de ansiedad la temperatura poco a poco lograba descender y hacia las cuatro de la madrugada una brisa fresca comenzaba a filtrarse por la ventana mal cerrada. Al presentirla, Ada decidió salir al balcón atreviéndose a estirar las piernas mientras contenía la respiración. Con los pies descalzos y un breve camisón blanco de algodón pisó el suelo frío de la terraza y permitió que un escalofrío le recorriera entera. Después un temblor rítmico y constante se apoderó de su persona, un temblor-terapia que azotaba su cuerpo a cambio de ahorrarle las lágrimas y suavizar ligeramente su impaciencia desbocada.



Después de dos minutos sumergida en su terapia de temblor, Ada tuvo una extraña idea, miró hacia abajo, sólo estaba en un primer piso, tan cerca de la calle húmeda por la suave lluvia que acababa de caer, la calle limpia, sus pies descalzos. Ada entró como un rayo en el piso, se sirvió una copa de vino tinto y regresó a la terraza con la copa y las llaves de casa pero sin zapatos en los pies. En las manos que asían la copa recordaba como él las había sostenido durante casi una hora para mostrarle unas fotos, en los tobillos el recuerdo de un roce en que habían perdido sólo una décima parte de la honesta amistad.

Bebió media copa sin dejar de mirar la calle,la dejó en el suelo y saltó la barandilla. Una vez al otro lado comenzó a descender, cuando su cabeza estaba a la altura del suelo de la terraza volvió a coger la copa para apurar hasta la última gota, el vidrio tintado por el oscuro alcohol comenzó a limpiarse con la lluvia que se escurría por sus paredes, Ada siguió descendiendo, agarrándose a cualquier saliente para evitar caer de golpe.



Una vez en la calle los pies acusaron la bajada y la suciedad de la acera, pero la piedra aún no había terminado de enfriarse, andar descalza seguía sin parecerle una mala idea. Me han prohibido salir de este lecho, pasaré en él mi vida, mientras una bicicleta cruzaba la noche con una bombilla al frente que parecía agotarse con cada golpe de pedal. El paisaje se completa, rubor en las mejillas, Ada gritó al ver pasar la bicicleta y ésta se paró en seco unos metros más adelante.

El paisaje se completa, su pensamiento, pensamiento de Ada creyó alcanzar a comprender algunas cosas y por eso gritó al ver pasar la luz y las ruedas con varillas. La trayectoria de la bicicleta dibujaba y completaba su pensamiento, aquel pensamiento enjaulado en un lecho con piernas encogidas. El chiquillo que conducía miró a Ada un poco extrañado en un primer momento, pero rápidamente cambió el gesto y supo dedicar a nuestra heroína una amable sonrisa; si quieres te llevo a un café que queda cerca, tomaremos té y podrás explicarme cómo has llegado hasta aquí.

jueves, 20 de marzo de 2008

El mundo cambió en siete días IV


Ahora puedes ver un espectáculo excepcional, conoces la canción y el olor del mar en el que hundes los pies sin miedo. La luz chirría al filtrarse en el agua hasta el fondo arenoso, inerte bajo el movimiento de las olas.



Pasamos esta tarde en la playa y al mirarte no puedo evitar pensar que somos la proyección de una película estúpida pero viva, sin nobleza, severidad o trascendencia…
Yo hablé una vez con fantasmas mientras entre los dedos de tus pies se escurría tierra oscura, no arena. Hablaba con fantasmas blancos que se desintegraban y volvían a corporalizar en la niebla, entre los pinos.
Ahora puedes ver aquel espectáculo excepcional desde tu imaginario, con los pies hundidos entre la arena y las olas, dentro de esta proyección proyectarás estos recuerdos que no son tuyos por el momento, pero tiempo al tiempo.
Te lo contaré rápidamente, pero antes debemos pensar que harás con ello una vez que lo hayas visto desde dentro. Podrías quedarte con el recuerdo, o quizás prefieras desecharlo, en cualquier caso yo ya te he prometido un espectáculo y así, el lazo entre aquel día y esta extraña proyección de la realidad de hoy es ya un lazo que no podremos deshacer. Estos dos momentos clave por motivos muy distintos se han fusionado de tal manera que soy incapaz de establecer cuál de ellos es el cuarto día de la historia general que pretenden contar.
Estábamos aquí para hablar de un cuarto movimiento y yo he mezclado dos hasta convertirlos en uno disociado en una multitud.

En fin, centrémonos pequeña. Era media mañana cuando salí de la cama porque un escalofrío me recorrió entero de los pies a la cabeza. La casa estaba en absoluto silencio, tu madre no estaba y tú jugabas fuera con la tierra entre todos los dedos de tu cuerpo, los de los pies y los de las manos. Supongo que aquel vestido blanco sería tu camisón, lo habías manchado también con la tierra oscura, pero al no estar la tierra demasiado húmeda, ninguno de los temimos graves altercados con tu madre a su regreso.
Toda la luz que el cielo permitía llegaba un tanto asfixiada hasta la casa, los árboles y nosotros. Era una mañana de niebla y silencio, contigo sobre la tierra. Tu no la recordarás porque en lo que a ti respecta, el día no reparó nada distinto al resto del verano, no, aquel día no podía tener para ti la curiosa atmósfera de este. Hoy parece que sólo existiéramos como refracciones de la luz sobre una pared blanca, aquel día solo debió quedar como una mañana de verano fría para ti.
Yo no tenía hambre, así que te dejé tranquila donde estabas y salí a dar un pequeño paseo sin alejarme demasiado, fui directamente hacia los árboles que se reúnen al otro lado del camino, fui sin pensar pequeña, como por instinto, como si fuera un animal de olfato preciso que sigue una pista clara. Entonces llegué al primer árbol, el que está un poco separado de los demás, y allí encontré algo extraordinario que empapaba una de sus ramas, encontré la sangre de un fantasma. ¡Lo se, lo se! Yo tampoco había odio antes decir que los fantasmas tuvieran sangre, ni muchísimo menos la había visto, pero al verla supe con claridad lo que era; era una sustancia plateada y pegajosa, no me atrevía a tocarla con los dedos, así que partí otra rama del árbol y estudié detenidamente tan extraña cosa.

Al tocarlo con la rama comprendí otra cosa, a cada momento parecía como si un dormido instinto despertase en mi para hacerme comprender el sentido más primario de cada objeto y ser, de cada hecho con los que tropezaba en el nuevo paso. Comprendí pequeña, que aquella sangre era reciente y que un fantasma tan brutalmente herido no podría haber llegado lejos. Estaba cerca y no estaba solo, yo lo sabía y seguí caminando, adentrándome en el bosque para verlo. La brisa era muy suave, casi imperceptible, la niebla espesa se movía con ella acariciándome y envolviéndome a medida que avanzaba. Llegué a un punto donde la luz solar casi parecía lunar, juraría que durante esos minutos el día se hizo noche sólo para los fantasmas y para mi. Ellos comenzaron a aparecer aprovechando la niebla y la breve corriente de aire para dibujarse ante mi, surgían como los caballos o los dragones aparecen en las nubles blancas.
Surgían y me miraban con desconfianza para volver a desaparecer, hasta que por fin quisieron confiar en mí lo suficiente como para mostrarme al herido. El fantasma herido me miró con profunda tristeza, aquella bestia era todo mirada y en la mirada nada más que pesar y lágrimas de sangre plateada.
En su mirada descubrí mi último instinto dormido y comprendí lo que sus silencios tan expresivos trataban de comunicarme. Eras tu pequeña, fuiste tu la que hirió al fantasma, ellos no pueden morir pero si sufrir. Intenté devolverle la confianza que había depositado en mí con una mirada gemela, intenté darle consuelo desde mis ojos y prometí que nos marcharíamos pronto.
Ellos no volvieron a acercarse a la casa y yo la quemé el día que terminamos nuestro veraneo. Debo pedirte perdón por ello, significó construirte un futuro sin raíces y tal vez quemar aquella casa fue la causa de que hoy estemos aquí pero, lo hice lo mejor que supe, tendrás que saber disculparme.
Decide pequeña, decide si quieres guardar el recuerdo, si te puede ayudar… y dónde ha quedado el cuarto día, en aquella casa quemada o en esta playa luminosa

domingo, 2 de marzo de 2008

El mundo cambió en siete días III

EL tercer día llegó varios años después del segundo, era verano y se acumulaban las semanas sin lluvia en la ciudad. Manuel salía de trabajar a las tres del medio día, siete horas sin probar bocado y lo único que le pedía el cuerpo era una botella de agua, así que entró en una tienda situada frente al Retiro; con una botella de agua y un paseo entre las sombras frescas de los plátanos podría decidir qué hacer con el resto del día libre que tenía por delante.

Al entrar en la tienda unos cascabeles anunciaron su llegada, y al mirar hacia el sonido descubrió una curiosa frase escrita sobre un papel antiguo que estaba pegado a la puerta: "Las mariposas de cinco metros de longitud se rompen como los espejos, T.T". Manuel se quedó parado junto a la puerta observando detenidamente la frase, las palabras, las letras encadenadas formando aquella bella frase, tan real, tan tangible. Al acabar la jornada de verano pronto, uno siente que tiene tiempo para pararse a observar esa clase de cosas, puede uno detenerse a acariciar y dejarse acariciar por acontecimientos de ese calibre sin sentir que los minutos le empujan violentamente hacia ninguna parte.
Al cabo de unos minutos apareció el dueño de la tienda sonriente y se disculpó por haber tardado un poco en salir a recibirle, tenía una llamada de un proveedor. Aquel hombre sencillo vestía la misma camisa blanca de lino y algodón que Manuel había escogido esa mañana para acompañar al traje que llevaría a la reunión semanal con el equipo del trabajo.

Las mariposas de cinco metros se rompen como los espejos... que maravilla tan dolorosa, con esta sequía se romperían y se convertirían en polvo fino, con un suspiro profundo, sólo con un suspiro, se esparcirían por el aire dejando de ser. Todo esto es tan triste...

El vendedor volvió a sonreir a Manuel al reconocerse a si mismo en la camisa y en el detenimiento sobre las palabras de la puerta. ¿Viene usted de trabajar?, ese es un buen traje, la elegancia es un progreso. Manuel asintió sin terminar de comprender, pero dispuesto a hacerlo aunque fuera horas después, durante el paseo por el parque. Compró la botella de agua, contó una por una las monedas antes de entregarlas al risueño vendedor y volvió a salir a la bulliciosa y seca calle, simplemente con acercarse a la verja del parque se siente el cambio de temperatura.

No tuvo que dar más de cinco pasos sobre la arena para recordar de dónde habían salido aquellas palabras sobre las mariposas y la elegancia, ¡el surrealismo! Cuando surgió como movimiento artístico nadie pensó en lo peligroso que era, después vino todo aquel desarrollo, la facilidad pasmosa para matar y aún peor, para hacer sufrir.
Quisimos creer que habíamos avanzado, pero ¿fue realmente así? Bajo la ambigüedad y la aleatoriedad, bajo la indeterminación del progreso social comenzaron a anidar comportamientos de dudosa moral.

Dos camisas iguales, mariposas de cinco metros y la palabra "elegancia" presagiaron para Manuel una nueva vuelta de tuerca cruel del surrealismo

domingo, 17 de febrero de 2008

El mundo cambió en siete días II





Amanecía el segundo día con una bruma baja envolviendo los troncos de los árboles, bruma blanca, luz blanca, silencio puro.



Entre las colinas verdes del norte aquel pesar húmedo caminaba docilmente, siguiendo los dictados de la naturaleza, y así, con cada elemento de la mañana cómodamente encajado en su estructura original, desplegó el segundo día sus alas inmaduras. Tumbados en el suelo costaba adivinar el azul del cielo, pero sólo era necesario incorporarse para elevarse por encima de la niebla matinal. Es cosa del diablo poder ver y dejar de ver con tanta facilidad, ahí residía el misterio de aquel segundo día, tan imperceptible dentro del orden natural.




Brilla el sol, y bajo él cada mínima estructura de la Tierra obedece a su silencio interior, las formas que olvidamos al nacer dan sentido a todo lo que conocemos... no te esfuerces en recordar, simplemente sabes lo que significa la palabra árbol sin pensar en ninguno concreto.




El problema surge cuando el segundo día el diablo aparece debajo de la niebla, entonces tu y ellos os preguntáis (yo también lo habría hecho), qué sentido tiene ver, dejar de ver y volver a ver con esa facilidad, en un mismo espacio y sin traspasar ningún muro ni sustancia o cosa lo suficientemente tangible como para merecer "el temor". ¿No es curiosa la niebla?, ella no es nada malo ni oscuro ¡es blanca! y en la mañana, siendo sólo una bruma baja también es pura. ¿Qué temor podría inspirar?




Inspira temor, el diablo suspiró sobre ella para instigarnos, para hacernos dudar siempre hasta de la más leve e inocente bruma que en la mañana flote sobre colinas verdes de Galicia. Tumbados sobre la hierba esa bruma endiablada os cubre como un sudario, un temblor repentino sacude, sacudió el segundo día el cuerpo de todos los que allí estaban tumados como muertos. Bajo la bruma el cielo no es azul, pero al levantarse el azul lo inunda todo, vuelve a ser de día en este mundo de vivos donde el blanco sólo es un "color" más.




Entre el blanco de aquella bruma y el verde de la hierba fría les parecía a los vivos/muertos que el resto de colores hubiesen muerto con ellos. Esos minutos eternos de reflexión atemorizada, clarividente... nunca más se juraban unos a otros, nunca más por favor. Prometed solemnemente que ninguno volveréis a tumbaros para ver aquello... aquello acababa de suceder pero todos hablaban ya como si de una leyenda antigua se tratase




Nunca más... prometed que no lo haréis y que trataréis de olvidar lo que ocurrió






viernes, 15 de febrero de 2008

el mundo cambió en siete días


No es nada religioso, pero es así... no fue en el inicio de los tiempos, no fue el nacimiento de la tierra ni del cielo ni del mar, pero hubo una vez en que todo cambió a lo largo de un periodo de siete días.


El primer día hubo un caracol que despertó por la mañana con una gota de agua escuriéndose por su caparazón hasta el cuello. El agua era tan molesta que le obligó a estirar primero el cuello y después las antenas, ¿qué ocurre hoy, por qué me molestan tan temprano?. Debía despertar, era el comienzo de un grave periodo de cambios.

Los cambios no son tan negativos, las cosas varían constantemente hasta que un buen día cae sobre nuestro caparazón una gota de agua que se escurre por el cuello sacudiendo todo el cuerpo en un espasmo y haciéndonos estirar el cuello, la mirada.


Así que el caracol estiró cuello y antenas para poder mirar gravemente hacia el cielo, no había nubes, era un cielo azul... No ocurrió nada más aquel día que hiciera presagiar lo que se avecinaba, el caracol quedó consternado pero no dijo nada, los caracoles no hablan.