Han sido unos años de reflexión viviendo en esta casa de hojalata. Frente al mar parece que todo queda más despejado, incluso cuando hay tormenta y se borra la linea entre agua y cielo, confundiéndolos absolutamente.
Mi casa de hojalata también tiende a confundirse en los días de tormenta. Tanto gris, tan lejos de la ciudad. Hay días en que el estado de ánimo se empeña en perseguirnos hasta en las formas más absurdas e inusitadas. No me gusta el romanticismo del diecinueve, ni la opacidad de las ciudades. Son igual de ridículos.
En mi casa hace frío en cuanto acaba septiembre. Mi sillón de felpa vieja coge más humedad a partir de entonces y a mi me cuesta encontrar abrigo que ayude a espantar los escalofríos que van de dentro a fuera, garantizando así una sensación homogénea de entumecimiento. Al sillón le han salido agujeros, pequeños herpes de vacío que lo desfiguran o sólo lo transforman, algo menos negativo, aunque no menos dramático. Si supiera coser le daría puntadas allí donde la felpa se ha dejado ir por agotamiento, dejando escapar esputos, flemas de esa gomaespuma amarillenta o amarronada que con el tiempo se seca y se hace polvo al aplastarla (no así cuando está fresca, cuando aún es flexible como un niño y resulta imposible romperla en pedazos, se resiste más que el chicle. O que los niños). Supongo que si no actuo el sillón acabará convertido en restos de felpa sin relleno, una dura superficie de madera cubierta por jirones de falsa piel usada.
Llueve todos los días desde que acabó septiembre, y si no llueve el cielo se inventa la niebla para molestarme aún más. Mi casa de lata acusa cada día, cada lámina de agua más o menos sincera. La acusa con marcas de un marrón que para ella es mortecino y que poco a poco la va diferenciando del paisaje celeste, acercándola a la tierra oscura sobre la que descansa. Si fueramos intrépidos saltaríamos juntos, hacia arriba o hacia abajo, poco importa, un gris es reflejo del otro y nada más. Saltaríamos en un despegue sin precedentes, en una Incursión Intrépida, con la nave llena de palabras que empiecen por "i", que den cuenta de nuestro valor nada oxidado. Dejaríamos atrás esas exigencias tan elitistas de la NASA, que jamás permitiría a un hombre como yo salir del planeta, ni a una nave como mi casa pasar el primer control de resistencia.
Cada paso aquí parece el producto de un examen aprobado, sin lugar para esas exigencias de las que "todos los demás" parecen capaces, pero que para nadie llegan, o al menos no en el momento y la medida justa.
Esta noche preparo unos huevos fritos sobre esta sartén que bien podría haber servido de escudo para entrar y salir de la atmósfera varias veces (está casi tan desfondada como el sillón, mucho más negra, más tozuda en su empeño de cubrirse por una costra carbónica que la protege de mis envites nocturnos). La cocina mínima es un caos después de acabar de cenar, como cada jornada, y yo me pregunto cómo puede uno soportar, durante el viaje espacial, el hecho de que todo lo no limpiado ande danzando por el aire, como pequeñas moscas borrachas hechas de restos de uñas, de pegatinas con precios arrancadas de los libros (cuando se llevan la primera piel de la cubierta del libro, dedico cinco minutos a maldecir al vendedor, invariablemente), de ramitas que mantenían a los tomates unidos como siameses, de pepitas de manzana y trozos de papel doblados con un chicle usado en su interior (regalo sin destinatario).
Y entonces me digo que los viajes a la Luna o simplemente los paseos alrrededor de esta tierra tan decepcionante (no siempre, aunque casi sí), no son para mi ni para esta casa. Pienso que nuestro valor no es menos por ello, este marco y esta vida bien valen el respeto de los astronautas. Ellos no aguantarían tantos años frente al reflejo de ese universo al que ellos (no pueden evitar jactarse al respecto) se han acercado muy poco más que yo. Sus huesos no aguantarían allí lo que esta casa soporta desde que terminó este verano, y todos los anteriores.
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martes, 10 de noviembre de 2009
miércoles, 17 de junio de 2009
meditteranean tale
Amanece en Tánger con el canto del almohacín llamando a la oración. Adita se viste con un camisón breve después de una noche calurosa desnuda sobre una cama, que ha cubierto de lágrimas entre sueños. Cuando se lava la cara, el espejo le devuelve una imagen familiar detrás de ella, contiene la respiración, se queda quieta un minuto observando la figura que la acompaña a través del espejo y al fin se decide a volverse.
- Cariño… creía que ya no estabas.
- Ya, yo también lo creía, pero aquí estoy. ¿Se me nota demasiado?
- Apenas amor, apenas… todavía hueles a ti, los ojos te brillan casi igual. Ven, sí, tus besos son igual de buenos.
- ¿De veras? Yo casi no lo siento. Bueno si, siento como si fueran un recuerdo. Mira, te toco ahora mismo y en lugar de sentirlo, el tacto se convierte en el recuerdo de cuando solía tocarte así.
- Amor, qué cosas más raras dices…
- También te quiero como en un recuerdo, como si no fuera ahora.
- Me quieres hacer llorar, y no voy a llorar.
- No Ada, sólo te quiero hacer comprender… empiezo a oler mal, no debería estar ya aquí.
- Deja de decir tonterías, hueles tan bien como siempre, tal vez un poquito más, pero sólo es más de ti.
- Ada, ni si quiera sé cómo he llegado hasta Tánger. Tampoco sé qué haces tú aquí, lo que sé seguro es que con este calor me descompondré en cuestión de horas. Así que niñita, tenemos que despedirnos de una vez…
Ada se coge la tripa y mira a su alrededor, como si quisiera esconder algo que ha quedado a la vista, pero no se mueve. La habitación huele a flores secas, sobre la mesilla hay dos vasos de agua a medio beber y una revista de moda americana.
- ¿Dónde quieres pasar el día amorcito?
- Entre tus brazos Ada, déjame abrazarte… otra vez, me veo en aquella playa de Elba, contigo acurrucada como ahora, respirando muy profundamente. Parecías tan pequeña y al mismo tiempo tan… importante, lo más importante de mi vida. Siempre fuiste tú, y cada uno de esos días en la costa italiana fue lo más real que viví.
- Sí, lo fue. Yo no sabía que se puede ser así de feliz, por eso me extrañó tanto que desaparecieses cuando volvimos… y que volviéramos, ¿por qué Nicolás? Creía que habíamos decidido quedarnos allí, no era una locura, teníamos planes, tenían sentido…
A Nicolás se le escapa una lágrima del ojo izquierdo que resulta ser sangre, evita que Ada la vea limpiándose rápidamente la azulada mejilla. Tiene que contenerse para no romper a llorar sangre violentamente.
- Ada… Yo quería, sabes que quería quedarme allí, pero tenía algunas obligaciones en Madrid que no pude eludir. No te lo dije entonces porque creía que era algo que había salido de mi vida. Estaba casado, divorciado. Tenía un niño que mi ex-mujer no me dejaba ver, llevaba años sin saber de ellos, sin saber dónde estaban y llegaste tú, me devolviste a la vida y justo entonces reaparecieron. Mi hijo había enfermado, podía ser muy grave. Yo no quería pero él es… no podía, ¿entiendes?.
- Amor, desapareciste, sin decir nada. Y luego esa nota, creí volverme loca, cada vez que intentaba olvidarte llegaba una nueva noticia tuya que me obligaba a continuar creyendo en ti.
- Sólo fueron dos notas… no me dio tiempo de más.
- Y el certificado, el certificado amor. Cuando volví a Madrid y lo vi en el hospital…
- Pero no perdiste el tiempo, ¿no? Sabes, yo… yo no soy tonto, no era tonto. Siempre igual con las mujeres, si fuese agresivo me podría vengar ahora con mucha facilidad y nadie podría detenerme. Ninguno de tus chulos, ni todos a la vez entrando por esa puerta, aunque entrasen todos los marineros mediterráneos que te has tirado mientras me esperabas. Tranquila, no soy violento, esto es… degradante. Debería marcharme.
- ¡Nicolás! Si sólo te quedan unas horas… yo… tengo el día libre.
Ada se baja uno de los tirantes insinuante y pestañea con un halo de sonrisa en los labios. Coge el mando del equipo de música, aprieta un botón y empieza a sonar una canción de Amiee Mann: “Deathly”. Nicolás sonríe y respira con aceptación. Durante el sexo ella no deja de gritar y él no deja de observar cada centímetro de su piel con avidez.
- Solía besarte este lunar de aquí… Era mi pista de aterrizaje, mi punto de conexión. Me gustaba pensar que me pertenecía
- Amor…
- Ya sé que no me pertenece, ni tampoco al tipo que espera en la calle dando vueltas como un perro en celo. Yo… podría devoraros a los dos de una sentada, sabes?
- Sé que eres una buena persona, la mejor que he conocido. Alguien que nunca me merecí. Sé que habría cambiado por ti.
Nicolás se levanta bruscamente, con un nudo en la garganta se viste con harapos y se despide de Ada sin palabras, con un beso y un estrecho abrazo. Ada vuelve a apretar un botón del equipo de música, suena “wise up”. Nicolás aprieta suavemente su frente contra la de ella.
- Siempre tan oportuna…
- Habría cambiado, por ti. Habría sido sólo quien era cuando estábamos juntos.
Nicolás se levanta conteniendo la respiración y se va sin terminar de escuchar su canción preferida. Desde la calle mira hacia arriba, ve llegar a otro hombre, Ada le sonríe y hace gestos teatrales. Nicolás camina hasta el puerto llorando sin importarle las caras raras que provoca a su paso, decide arrojarse al mar con la esperanza de disolverse como una aspirina. Tarda tres días en lograrlo, tres días flotando a la deriva hacia el interior del mediterráneo, hacia la isla de Elba.
- Cariño… creía que ya no estabas.
- Ya, yo también lo creía, pero aquí estoy. ¿Se me nota demasiado?
- Apenas amor, apenas… todavía hueles a ti, los ojos te brillan casi igual. Ven, sí, tus besos son igual de buenos.
- ¿De veras? Yo casi no lo siento. Bueno si, siento como si fueran un recuerdo. Mira, te toco ahora mismo y en lugar de sentirlo, el tacto se convierte en el recuerdo de cuando solía tocarte así.
- Amor, qué cosas más raras dices…
- También te quiero como en un recuerdo, como si no fuera ahora.
- Me quieres hacer llorar, y no voy a llorar.
- No Ada, sólo te quiero hacer comprender… empiezo a oler mal, no debería estar ya aquí.
- Deja de decir tonterías, hueles tan bien como siempre, tal vez un poquito más, pero sólo es más de ti.
- Ada, ni si quiera sé cómo he llegado hasta Tánger. Tampoco sé qué haces tú aquí, lo que sé seguro es que con este calor me descompondré en cuestión de horas. Así que niñita, tenemos que despedirnos de una vez…
Ada se coge la tripa y mira a su alrededor, como si quisiera esconder algo que ha quedado a la vista, pero no se mueve. La habitación huele a flores secas, sobre la mesilla hay dos vasos de agua a medio beber y una revista de moda americana.
- ¿Dónde quieres pasar el día amorcito?
- Entre tus brazos Ada, déjame abrazarte… otra vez, me veo en aquella playa de Elba, contigo acurrucada como ahora, respirando muy profundamente. Parecías tan pequeña y al mismo tiempo tan… importante, lo más importante de mi vida. Siempre fuiste tú, y cada uno de esos días en la costa italiana fue lo más real que viví.
- Sí, lo fue. Yo no sabía que se puede ser así de feliz, por eso me extrañó tanto que desaparecieses cuando volvimos… y que volviéramos, ¿por qué Nicolás? Creía que habíamos decidido quedarnos allí, no era una locura, teníamos planes, tenían sentido…
A Nicolás se le escapa una lágrima del ojo izquierdo que resulta ser sangre, evita que Ada la vea limpiándose rápidamente la azulada mejilla. Tiene que contenerse para no romper a llorar sangre violentamente.
- Ada… Yo quería, sabes que quería quedarme allí, pero tenía algunas obligaciones en Madrid que no pude eludir. No te lo dije entonces porque creía que era algo que había salido de mi vida. Estaba casado, divorciado. Tenía un niño que mi ex-mujer no me dejaba ver, llevaba años sin saber de ellos, sin saber dónde estaban y llegaste tú, me devolviste a la vida y justo entonces reaparecieron. Mi hijo había enfermado, podía ser muy grave. Yo no quería pero él es… no podía, ¿entiendes?.
- Amor, desapareciste, sin decir nada. Y luego esa nota, creí volverme loca, cada vez que intentaba olvidarte llegaba una nueva noticia tuya que me obligaba a continuar creyendo en ti.
- Sólo fueron dos notas… no me dio tiempo de más.
- Y el certificado, el certificado amor. Cuando volví a Madrid y lo vi en el hospital…
- Pero no perdiste el tiempo, ¿no? Sabes, yo… yo no soy tonto, no era tonto. Siempre igual con las mujeres, si fuese agresivo me podría vengar ahora con mucha facilidad y nadie podría detenerme. Ninguno de tus chulos, ni todos a la vez entrando por esa puerta, aunque entrasen todos los marineros mediterráneos que te has tirado mientras me esperabas. Tranquila, no soy violento, esto es… degradante. Debería marcharme.
- ¡Nicolás! Si sólo te quedan unas horas… yo… tengo el día libre.
Ada se baja uno de los tirantes insinuante y pestañea con un halo de sonrisa en los labios. Coge el mando del equipo de música, aprieta un botón y empieza a sonar una canción de Amiee Mann: “Deathly”. Nicolás sonríe y respira con aceptación. Durante el sexo ella no deja de gritar y él no deja de observar cada centímetro de su piel con avidez.
- Solía besarte este lunar de aquí… Era mi pista de aterrizaje, mi punto de conexión. Me gustaba pensar que me pertenecía
- Amor…
- Ya sé que no me pertenece, ni tampoco al tipo que espera en la calle dando vueltas como un perro en celo. Yo… podría devoraros a los dos de una sentada, sabes?
- Sé que eres una buena persona, la mejor que he conocido. Alguien que nunca me merecí. Sé que habría cambiado por ti.
Nicolás se levanta bruscamente, con un nudo en la garganta se viste con harapos y se despide de Ada sin palabras, con un beso y un estrecho abrazo. Ada vuelve a apretar un botón del equipo de música, suena “wise up”. Nicolás aprieta suavemente su frente contra la de ella.
- Siempre tan oportuna…
- Habría cambiado, por ti. Habría sido sólo quien era cuando estábamos juntos.
Nicolás se levanta conteniendo la respiración y se va sin terminar de escuchar su canción preferida. Desde la calle mira hacia arriba, ve llegar a otro hombre, Ada le sonríe y hace gestos teatrales. Nicolás camina hasta el puerto llorando sin importarle las caras raras que provoca a su paso, decide arrojarse al mar con la esperanza de disolverse como una aspirina. Tarda tres días en lograrlo, tres días flotando a la deriva hacia el interior del mediterráneo, hacia la isla de Elba.
sábado, 6 de junio de 2009
ejercicio 8
Richard le había prometido que no tardarían demasiado, pero en cuanto entró en el estudio y vió las botellas de vino blanco dispuestas, comprendió que la cosa iba para largo. Empezó por elegir el vestuario más adecuado, habían escogido algunos vestidos absurdamente recatados, uno especialmente bonito pero en el que no le cabía el pecho, y por fin, uno brillante, lleno de lentejuelas, con escote de infarto, ese, ese sería.
El vestido le quedaba como un guante y con media copa de vino empezó a animarse, pudo olvidar el reloj y dejar que la peinaran como parte del juego. Sólo esperaba que Arthur no se enfadara si la cosa se alargaba demasiado, pero incluso esa preocupación fue disipándose trago a trago. No, mejor se pintaría ella sola, los demás nunca sabían dar ese toque… la sesión sería un desastre si lo hacía otro, tendría que descartar todas las fotografías y Arthur la acusaría de caprichosa.
Una vez preparada, tocaba escuchar, a Richard le encantaba explicarse más de lo necesario. A veces le hacía sentir como si creyese que era una novata, casi conseguía enfadarla con esas explicaciones interminables sobre el “personaje que representaba” esa tarde. En realidad era el de siempre, aunque los intentasen vestir de distinta manera, todos sus personajes eran gemelas, tontitas, guapas, listas para ser admiradas y deseadas. Lo de admiradas era lo que le decían a la cara, pero sabía perfectamente que no era verdad, esa clase de admiración que la gente proclamaba a su alrededor era de una falsedad repugnante.
Tras cinco minutos de atender como una niña buena en clase de matemáticas, comenzó el espectáculo. Dejó las pretensiones de Richard por debajo de la ejecución, el vestido era genial y con los complementos podía inventar nuevas poses hasta el infinito, sonreír, disfrutar de la experiencia para los demás.
Habían traído unas pieles de tigre, preciosas, y un peluche encantador. Se puso a la altura de esos restos de pelo animal con su mejor sonrisa, se convenció a si misma de la naturalidad del asunto con un nuevo trago. La cosa iba genial, las pieles volaban a su alrededor, se sentía flotar en un cielo amable y suave, tan reconfortante como el tacto de la Chinchilla.
Ahora era una presa del peluche de tigre, ahora su confidente, sonriendo a la cámara mientras apoyaba su brazo sobre la pata del inocente animal. Fin de los peluches: tocaba tumbarse sobre un sillón, dejar que los focos calentasen su frágil piel para que el vestido la hiciese brillar tanto como se merecía, de lado, para que su pecho se desbordase. Echando la cabeza hacia atrás y abriendo sutilmente los labios, daba la impresión de estar siendo poseída por un macho, era una de sus poses más conseguidas. Con aquel vestido el efecto era perfecto, los senos se rozaban uno contra otro, el de arriba casi se salía del vestido, que diablos, se salía, todo lo que puede salirse sin llegar a enseñar el pezón.
El calor de la luz le daba más sed, necesitaba más vino frío, una toalla y un descanso. Aún no era posible, faltaban un par de poses más sobre el sillón y luego algunos tiros con ella de pie; menuda novedad, hasta ahora se había pasado toda la sesión tumbada. Las últimas fotografías sobre el sillón no fueron agradables, mientras Richard las tomaba sintió que la forzaba, y se preguntó si no era en parte culpa suya por la maldita pose de cabeza hacia atrás.
Cuando al fin le pidió que se sentase, recuperó la sonrisa genuinamente alegre. Muy bien, volvía a dominar la situación. Alguien dijo que eran las siete, habían pasado tres horas desde que empezaron. Le sorprendió porque, a pesar del agotamiento, se veía con fuerzas para darlo todo de pie, una vez más, ahora sin complementos, sólo ella y su imaginación para conquistar sola a la cámara en 40 tomas más.
Richard sugirió que tal vez podría bailar, igual que en sus películas, bailar con esa preciosa sonrisa pintada. El descanso llegó al fin. No se aguantaba de pie, se sentó en un rincón con agua y vino para recuperar el tono. Al sentarse sola, la sonrisa se borró de golpe, durante algunos minutos pudo relajar el gesto, pero seguía contenida, reprimiéndose todo lo posible para no romper a llorar. O no, tal vez si hubiera estado sola, habría sido similar.
Richard Avedon se acercó con la cámara, se hizo notar como pidiendo permiso, pero Norma ni si quiera le miró. Permitió que la fotografiase como a las bestias del zoo.
El vestido le quedaba como un guante y con media copa de vino empezó a animarse, pudo olvidar el reloj y dejar que la peinaran como parte del juego. Sólo esperaba que Arthur no se enfadara si la cosa se alargaba demasiado, pero incluso esa preocupación fue disipándose trago a trago. No, mejor se pintaría ella sola, los demás nunca sabían dar ese toque… la sesión sería un desastre si lo hacía otro, tendría que descartar todas las fotografías y Arthur la acusaría de caprichosa.
Una vez preparada, tocaba escuchar, a Richard le encantaba explicarse más de lo necesario. A veces le hacía sentir como si creyese que era una novata, casi conseguía enfadarla con esas explicaciones interminables sobre el “personaje que representaba” esa tarde. En realidad era el de siempre, aunque los intentasen vestir de distinta manera, todos sus personajes eran gemelas, tontitas, guapas, listas para ser admiradas y deseadas. Lo de admiradas era lo que le decían a la cara, pero sabía perfectamente que no era verdad, esa clase de admiración que la gente proclamaba a su alrededor era de una falsedad repugnante.
Tras cinco minutos de atender como una niña buena en clase de matemáticas, comenzó el espectáculo. Dejó las pretensiones de Richard por debajo de la ejecución, el vestido era genial y con los complementos podía inventar nuevas poses hasta el infinito, sonreír, disfrutar de la experiencia para los demás.
Habían traído unas pieles de tigre, preciosas, y un peluche encantador. Se puso a la altura de esos restos de pelo animal con su mejor sonrisa, se convenció a si misma de la naturalidad del asunto con un nuevo trago. La cosa iba genial, las pieles volaban a su alrededor, se sentía flotar en un cielo amable y suave, tan reconfortante como el tacto de la Chinchilla.
Ahora era una presa del peluche de tigre, ahora su confidente, sonriendo a la cámara mientras apoyaba su brazo sobre la pata del inocente animal. Fin de los peluches: tocaba tumbarse sobre un sillón, dejar que los focos calentasen su frágil piel para que el vestido la hiciese brillar tanto como se merecía, de lado, para que su pecho se desbordase. Echando la cabeza hacia atrás y abriendo sutilmente los labios, daba la impresión de estar siendo poseída por un macho, era una de sus poses más conseguidas. Con aquel vestido el efecto era perfecto, los senos se rozaban uno contra otro, el de arriba casi se salía del vestido, que diablos, se salía, todo lo que puede salirse sin llegar a enseñar el pezón.
El calor de la luz le daba más sed, necesitaba más vino frío, una toalla y un descanso. Aún no era posible, faltaban un par de poses más sobre el sillón y luego algunos tiros con ella de pie; menuda novedad, hasta ahora se había pasado toda la sesión tumbada. Las últimas fotografías sobre el sillón no fueron agradables, mientras Richard las tomaba sintió que la forzaba, y se preguntó si no era en parte culpa suya por la maldita pose de cabeza hacia atrás.
Cuando al fin le pidió que se sentase, recuperó la sonrisa genuinamente alegre. Muy bien, volvía a dominar la situación. Alguien dijo que eran las siete, habían pasado tres horas desde que empezaron. Le sorprendió porque, a pesar del agotamiento, se veía con fuerzas para darlo todo de pie, una vez más, ahora sin complementos, sólo ella y su imaginación para conquistar sola a la cámara en 40 tomas más.
Richard sugirió que tal vez podría bailar, igual que en sus películas, bailar con esa preciosa sonrisa pintada. El descanso llegó al fin. No se aguantaba de pie, se sentó en un rincón con agua y vino para recuperar el tono. Al sentarse sola, la sonrisa se borró de golpe, durante algunos minutos pudo relajar el gesto, pero seguía contenida, reprimiéndose todo lo posible para no romper a llorar. O no, tal vez si hubiera estado sola, habría sido similar.
Richard Avedon se acercó con la cámara, se hizo notar como pidiendo permiso, pero Norma ni si quiera le miró. Permitió que la fotografiase como a las bestias del zoo.
lunes, 11 de mayo de 2009
felices 25, yo
Algo falla en este pequeño relato... pero por lo menos el fondo es claro y divertido:
En la casa del terror es día de luto. La niña que gritaba con voz grave y se ponía perdida de vómito verde ha tirado su mal espíritu a la basura, junto con el camisón sucio, y se ha marchado lejos.
Nadie entiende por qué les ha abandonado, ¿por las manzanas cubiertas de caramelo del parque? ¿Porque prefiere jugar con niños a luchar con un cura? Cuando llega la hora de abrir, salen enormes lagrimones de entre las vendas que cubren los rostros de las momias, los zombies acompañan el maquillaje con unos ojos vidriosos, mal contenidos, y un nudo en sus gargantas rotas. Temen por su seguridad ahí fuera, es pequeña y anda sin un diablo que la posea y le de fuerza para defenderse del mundo.
En la casa del terror los visitantes huyen hacia la salida con más miedo que nunca, porque hoy sus habitantes han sido los primeros en sentirlo con tan extraña desaparición y porque un cura sin gente a la que exorcizar es mucho más peligroso que una niña mal peinada que vomita.
Nadie entiende por qué les ha abandonado, ¿por las manzanas cubiertas de caramelo del parque? ¿Porque prefiere jugar con niños a luchar con un cura? Cuando llega la hora de abrir, salen enormes lagrimones de entre las vendas que cubren los rostros de las momias, los zombies acompañan el maquillaje con unos ojos vidriosos, mal contenidos, y un nudo en sus gargantas rotas. Temen por su seguridad ahí fuera, es pequeña y anda sin un diablo que la posea y le de fuerza para defenderse del mundo.
En la casa del terror los visitantes huyen hacia la salida con más miedo que nunca, porque hoy sus habitantes han sido los primeros en sentirlo con tan extraña desaparición y porque un cura sin gente a la que exorcizar es mucho más peligroso que una niña mal peinada que vomita.
Cielos!!! Y encima es mi post número 100!! qué día más estupidamente redondo!
sábado, 14 de marzo de 2009
Des montagnes en papier qui brûlent comme des pièces de domino
Ahora que tengo tiempo para mirarme los pies y para mirar por la ventana, me dicen que un meteorito ha caido sobre un pueblo de la provenza. Todos han muerto un poco, a pesar de que era un lugar abandonado, como aquel de Comala, pero en francés.
Seguro que murió algún Pierre metafórico, mientras mi mirada flotaba de los pies al paisaje, deteniéndose en cada objeto del cuarto.
Yo quisiera preocuparme por todas las cosas que alcanzan a mi ojo izquierdo, pero no puedo. Está este desorden a mi alrrededor, el vestido de ayer limpiando el suelo, las medias encogidas sobre ellas mismas, la caja de zapatos cerrada como un secreto negro de zapatos negros.
Está la mesa con montañas coloridas de papel, discos de música clásica, dos velas perfumadas, tres, mi pluma y el meteorito sobre un pueblo abandonado.
Están todas esas cosas y yo las miro, pero no estoy con ellas.
También hay montañas de papel en el suelo, junto a la ventana. Vivo dentro del sueño de un pirómano, esperando el día en que decida quemarnos con todas las consecuencias. Veremos las montañas arder como piezas de dominó, contagiándose una a otra el calor, el humo, la furia de sus lenguas de fuego.
Sobre la cama diré "lenguas de fuego" y "lenguas de glaciar", para compensar un poco. Si fuera montaña de papel podría quedarme quieta mirando y esperando mi turno en el juego de arder, pero eso es dificil. Además no importa, sólo es el sueño de un pirómano, aquí nunca arderá nada.
Si fuera una media encogida sobre el parqué, me revolvería, ¿se dice así? ¿me revolvería?, como media no tengo mucha educación. Lo que si tengo es un cuerpo que hace un ruidito penoso al quemarse, que se mueve como una serpiente a medida que las lenguas, de fuego o de glaciar, asesinas, avanzan camino de mi perdición.
Ha caido un meteorito copper, céntrate... ha caido un meteorito y han muerto muchos pedros... pero todo lo que alcanza ahora mi ojo izquierdo son esas medias.
Por lo menos he sido capaz, durante unos segundos, de comprender a alguien.
Seguro que murió algún Pierre metafórico, mientras mi mirada flotaba de los pies al paisaje, deteniéndose en cada objeto del cuarto.
Yo quisiera preocuparme por todas las cosas que alcanzan a mi ojo izquierdo, pero no puedo. Está este desorden a mi alrrededor, el vestido de ayer limpiando el suelo, las medias encogidas sobre ellas mismas, la caja de zapatos cerrada como un secreto negro de zapatos negros.
Está la mesa con montañas coloridas de papel, discos de música clásica, dos velas perfumadas, tres, mi pluma y el meteorito sobre un pueblo abandonado.
Están todas esas cosas y yo las miro, pero no estoy con ellas.
También hay montañas de papel en el suelo, junto a la ventana. Vivo dentro del sueño de un pirómano, esperando el día en que decida quemarnos con todas las consecuencias. Veremos las montañas arder como piezas de dominó, contagiándose una a otra el calor, el humo, la furia de sus lenguas de fuego.
Sobre la cama diré "lenguas de fuego" y "lenguas de glaciar", para compensar un poco. Si fuera montaña de papel podría quedarme quieta mirando y esperando mi turno en el juego de arder, pero eso es dificil. Además no importa, sólo es el sueño de un pirómano, aquí nunca arderá nada.
Si fuera una media encogida sobre el parqué, me revolvería, ¿se dice así? ¿me revolvería?, como media no tengo mucha educación. Lo que si tengo es un cuerpo que hace un ruidito penoso al quemarse, que se mueve como una serpiente a medida que las lenguas, de fuego o de glaciar, asesinas, avanzan camino de mi perdición.
Ha caido un meteorito copper, céntrate... ha caido un meteorito y han muerto muchos pedros... pero todo lo que alcanza ahora mi ojo izquierdo son esas medias.
Por lo menos he sido capaz, durante unos segundos, de comprender a alguien.
martes, 10 de febrero de 2009
To leap, to disappear...
Saltar. To leap
Me gusta dar saltos suicidas desde la yema de tus dedos, tirarme con los ojos cerrados desde una para coronar la siguiente. Me gusta llenar mis pulmones de aire mientras cojo impulso y caer sobre material tan blando cuando alcanzo mi objetivo. Aquí arriba hay mil cosas por hacer, por descubrir. El paisaje de uñas recién cortadas, rosadas y limpias me hace sonreír. Quisiera lanzarme por una de ellas como si de un tobogán se tratase, pero no me atrevo por miedo a caerme de tu mano, así que me quedo sentada sobre esta yema. La beso con cuidado para no despertarte, para que no me presientas, para que siga siendo un recuerdo de otro día en que nos vimos.
Hoy no estoy entre tus dedos, para ti no, shhhh, no mires esta mano, eso es, descansa. Yo me agarraré al final de tu uña y meditaré mucho el mejor momento para dar el siguiente salto. Mientras lo pienso tu pones esta mano cerca de la cara, desde aquí podría saltar a tu labio, hacer espeleología entre tus dientes, perderme un rato en la oscuridad y luego regresar a la comisura para buscar el camino de vuelta a los dedos.
Me da un poco de miedo, no consigo perder ese respeto asustadizo hacia tu boca y me quedo aquí muy quieta, respirando tu respiración, tu boca que es ahora todo mi paisaje. La vista no alcanza mucho más, un poco de barbilla, interesante barbilla, pero ni si quiera está entera desde aquí. Recuerdo aquellas casas escavadas en la roca y me imagino viviendo ahí, dispuesta a tenerte por hogar, a dejarte cada mañana para ir a trabajar y regresar por la noche a tu boca.
Cada día un viaje de ida y otro de vuelta, cada día saltando de una yema a otra hasta llegar a mi pequeña casa húmeda y cálida. Suena bien, pero tengo que saltar, llegar al último dedo, al más pequeño y desde allí a tu almohada. Me marcho en silencio y me aguanto las ganas de llorar, volveré otro día, volveré a soñar sobre tu piel cansada lo que podría ser si me mudase a ella.
Me gusta dar saltos suicidas desde la yema de tus dedos, tirarme con los ojos cerrados desde una para coronar la siguiente. Me gusta llenar mis pulmones de aire mientras cojo impulso y caer sobre material tan blando cuando alcanzo mi objetivo. Aquí arriba hay mil cosas por hacer, por descubrir. El paisaje de uñas recién cortadas, rosadas y limpias me hace sonreír. Quisiera lanzarme por una de ellas como si de un tobogán se tratase, pero no me atrevo por miedo a caerme de tu mano, así que me quedo sentada sobre esta yema. La beso con cuidado para no despertarte, para que no me presientas, para que siga siendo un recuerdo de otro día en que nos vimos.
Hoy no estoy entre tus dedos, para ti no, shhhh, no mires esta mano, eso es, descansa. Yo me agarraré al final de tu uña y meditaré mucho el mejor momento para dar el siguiente salto. Mientras lo pienso tu pones esta mano cerca de la cara, desde aquí podría saltar a tu labio, hacer espeleología entre tus dientes, perderme un rato en la oscuridad y luego regresar a la comisura para buscar el camino de vuelta a los dedos.
Me da un poco de miedo, no consigo perder ese respeto asustadizo hacia tu boca y me quedo aquí muy quieta, respirando tu respiración, tu boca que es ahora todo mi paisaje. La vista no alcanza mucho más, un poco de barbilla, interesante barbilla, pero ni si quiera está entera desde aquí. Recuerdo aquellas casas escavadas en la roca y me imagino viviendo ahí, dispuesta a tenerte por hogar, a dejarte cada mañana para ir a trabajar y regresar por la noche a tu boca.
Cada día un viaje de ida y otro de vuelta, cada día saltando de una yema a otra hasta llegar a mi pequeña casa húmeda y cálida. Suena bien, pero tengo que saltar, llegar al último dedo, al más pequeño y desde allí a tu almohada. Me marcho en silencio y me aguanto las ganas de llorar, volveré otro día, volveré a soñar sobre tu piel cansada lo que podría ser si me mudase a ella.
miércoles, 26 de noviembre de 2008
Valdo y Volterra

Bajamos tres escalones para cambiar el polvo de la arena que flota en la calle, por el del alabastro del estudio. Después de una hora paseando por Volterra, la mirada ha visto demasiadas palomas de piedra sin vida. Sobre una mesa de carpintero descansa una familia de pájaros de alabastro, aquí también hay palomas, pero cada una es diferente. Hay un búho salvaje que me reta a llevármelo desde que poso el primer pie en la habitación.
Valdo Gazzina trabaja cuidadosamente un trozo de alabastro al que poco a poco da forma de animal. Nos recibe con una sonrisa, nos invita a entrar en lo que parece un abarrotado museo compuesto de dos habitaciones. En la primera trabaja él, junto a la ventana, rodeado de esculturas blancas, de paredes blancas, de luz harinosa, con las manos grandes y llenas de los caminos que dejan 40 años trabajando la piedra. Las esculturas y figuras pueblan cada rincón de la habitación, se acomodan sobre estanterías, sobre cajas, en el suelo, donde sea.
Después de unos minutos observando en respetuoso silencio, mis padres comienzan a hablar con Valdo, a preguntarle el precio de las figuras pequeñas e interesarse por su trabajo. Yo miro las esculturas una por una con los ojos muy abiertos, deseando ir hacia la segunda habitación. Siento que hemos entrado en el mundo privado de Valdo, es casi como si nos hubiésemos colado en sus pensamientos con su permiso. Es con su permiso, así que, con mucho cuidado camino hacia la segunda habitación.
Allí no hay luz artificial, ni ventana. La única iluminación procede de la primera habitación en la que siguen charlando animadamente mis padres con Valdo. En una cierta penumbra descansan bustos, animales gigantes, una cabeza de caballo, grandes jarrones decorados con flores meticulosamente esculpidas. Me quedo quieta mirando esos armarios llenos de vida de alabastro, como si esos animales y personas se fuesen a mover en cualquier momento, hasta que mi padre me llama desde la primera habitación. Hay que elegir uno de los pájaros, el búho, desde que bajamos los tres escalones de entrada supe que sería el búho. Mi padre duda unos segundos y asiente, el búho se viene con nosotros.
Mientras Valdo envuelve cuidadosamente a mi nueva mascota, me doy cuenta de que entre las esculturas hay una gran jaula de pájaros dorada, vacía. Al verla sé que no está allí por casualidad, algún pájaro habría vivido en ella durante años, cantando alegremente mientras Valdo tallaba pájaros de alabastro con un cariño del que sólo es capaz alguien que los comprende.
Empiezo a buscar pistas del pájaro, pienso que tal vez siga vivo, tal vez esté escondido entre las esculturas, esperando que nos marchemos para volver a cantar. Mis padres comienzan a tirar de mi para marcharnos. Yo quiero encontrar alguna pista, pero mirar tan de cerca el estudio de Valdo me parece una intromisión. Con cierta desilusión me despido, camino hacia la puerta.
Justo antes de poner el pie en el primer escalón, el misterio se desnuda de una forma que ni siquiera había presentido. Alguien ha escavado en la pared, metido un canario disecado que parece dormir y puesto delante un vidrio. Encima de la curiosa urna mortuoria queda el nombre del animal y su fecha de muerte tras un guión.
Antes de salir hecho un último vistazo a Valdo, a su jaula dorada y a sus esculturas de alabastro. Nunca olvidarás este día, ¿verdad?
Después de 10 años... le he vuelto a encontrar: http://www.arteinbottegavolterra.it/eng/scheda_artigiano.asp?id=13&n=11
lunes, 17 de noviembre de 2008
palabras viajando en raíles de luz
Querías pedirle que no olvidase comprar unas flores antes de volver a casa esa tarde, pero mientras aún estabas despejando la neblina matinal de la cabeza con una ducha, él se marchó.
Querías decirle que si no tenía dinero tampoco importaba, valdría con unas cuantas flores salvajes, unas cuantas ramas verdes estilizadas y el jarrón que heredó de los abuelos bien limpio.
Bastaba muy poco para ser feliz por ese día, para que esas horas de paz ayudasen a generar otras en el futuro a través del recuerdo. Tu te olvidaste porque la ducha aún no había hecho efecto y por ese maldito libro que leías por aquel entonces en cada trayecto en metro. El libro de un hombre sin alma, de esos a los que les da igual el sufrimiento de los demás y el que debiera ser suyo. Esos que miran el cadaver de un progenitor, comprenden lo que hay, pero no se inmutan. Esos a los que se arrima alguien, intentando sacarles en un abrazo una parte de ellos mismos sin éxito alguno.
Leías uno de esos libros, el segundo en el mismo año, y paulatinamente tu carácter empezaba a reflejar esa actitud. Reflejabas ese estar que a la vez tiene algo de altivo y demasiado desinterés, se te filtraba por los poros hacia dentro, como si fueras un pantano y los libros luz. Palabras viajando en raíles de luz para crear un yo sombrío.
Palabras viajando en raíles de luz para reflejar una imagen variable, mientras también te cambian por dentro.
Querías decirle que si no tenía dinero tampoco importaba, valdría con unas cuantas flores salvajes, unas cuantas ramas verdes estilizadas y el jarrón que heredó de los abuelos bien limpio.
Bastaba muy poco para ser feliz por ese día, para que esas horas de paz ayudasen a generar otras en el futuro a través del recuerdo. Tu te olvidaste porque la ducha aún no había hecho efecto y por ese maldito libro que leías por aquel entonces en cada trayecto en metro. El libro de un hombre sin alma, de esos a los que les da igual el sufrimiento de los demás y el que debiera ser suyo. Esos que miran el cadaver de un progenitor, comprenden lo que hay, pero no se inmutan. Esos a los que se arrima alguien, intentando sacarles en un abrazo una parte de ellos mismos sin éxito alguno.
Leías uno de esos libros, el segundo en el mismo año, y paulatinamente tu carácter empezaba a reflejar esa actitud. Reflejabas ese estar que a la vez tiene algo de altivo y demasiado desinterés, se te filtraba por los poros hacia dentro, como si fueras un pantano y los libros luz. Palabras viajando en raíles de luz para crear un yo sombrío.
Palabras viajando en raíles de luz para reflejar una imagen variable, mientras también te cambian por dentro.
sábado, 1 de noviembre de 2008
¿Pueden?
¿Pueden? Por Europa todo el mundo empieza a cruzar los dedos deseando que sea verdad... Parece la oportunidad real de un cambio, ojalá fuese una vuelta a esos días en que Clinton estuvo tan cerca de encontrar la paz entre palestinos e israelíes... Ojalá pueda llegar a ser mucho más.
El caso es que el otro señor y su beata candidata a vicepresidenta parecen tan memos... sólo por eso parece imposible pensar que Obama no pueda ganar estas elecciones. Así que tomo partido: mucha suerte Sr Obama, la suerte es importante para ganar en estos casos (además del dinero...). Y si hay suerte, trabaje y satisfaga expectativas.
viernes, 26 de septiembre de 2008
deshacerse de algo
Brigitte tiene ocho años y vive en un pueblo rodeado de bosques frondosos y húmedos. La zona es bastante pantanosa y es necesario conocer bien el terreno antes de adentrarse en los bosques, porque se corre el riesgo de hundirse allí donde la tierra no es sólida.
A la niña se le vienen a la cabeza muchas palabras cuando mira hacia las zonas más oscuras de esos bosques, piensa en la palabra "mezquino", que por alguna razón relaciona con el barro que mancha sus botas y pantalones cuando camina entre los árboles; junta mentalmente las palabras "pantera azul eléctrico" y disfruta reproduciendo esa idea como una sombra que surca a gran velocidad la oscuridad.
Mentira, Brigitte mira al horizonte recortado por hojas caducifolias y piensa "mentira": durante su corta vida se ha apegado a este paisaje, lo ha escuchado atentamente para después inventarse lo que el espacio debía susurrarle dependiendo de su estado de ánimo, pero hoy ha salido en la televisión una mujer a la que tuvieron prisionera muchos años y ha aconsejado a la gente el deshacerse de casi todo, no apegarse a las cosas porque casi todo lo que tenemos es prescindible.
Brigitte fue el año pasado a la playa por primera vez y al oir a esa secuestrada hablar así, ha pensado en la arena de la playa que se llevaba cada día a casa sin querer, como disfrutaba con esos restos de playa viéndolos caer de su cuerpo cuando iba a ducharse y finalmente viéndolos escurrirse con el agua hasta desaparecer por el desagüe.
Así que es eso, hay que deshacerse de las cosas como nos deshacemos de la arena que queda pegada al cuerpo, de las mentiras que nos inventamos alrrededor de cada objeto y de algunas personas para darles más relevancia de la que realmente tienen. Hay que deshacerse de estas horas muertas mirando un paisaje traicionero que a menudo se hunde bajo los pies del paseante más experimentado.
Aquella expresión "pantera azul eléctrico" era bastante bonita, Brigitte se pregunta si al menos eso puede guardarlo, esa idea simplemente, y no hay una respuesta...
A la niña se le vienen a la cabeza muchas palabras cuando mira hacia las zonas más oscuras de esos bosques, piensa en la palabra "mezquino", que por alguna razón relaciona con el barro que mancha sus botas y pantalones cuando camina entre los árboles; junta mentalmente las palabras "pantera azul eléctrico" y disfruta reproduciendo esa idea como una sombra que surca a gran velocidad la oscuridad.
Mentira, Brigitte mira al horizonte recortado por hojas caducifolias y piensa "mentira": durante su corta vida se ha apegado a este paisaje, lo ha escuchado atentamente para después inventarse lo que el espacio debía susurrarle dependiendo de su estado de ánimo, pero hoy ha salido en la televisión una mujer a la que tuvieron prisionera muchos años y ha aconsejado a la gente el deshacerse de casi todo, no apegarse a las cosas porque casi todo lo que tenemos es prescindible.
Brigitte fue el año pasado a la playa por primera vez y al oir a esa secuestrada hablar así, ha pensado en la arena de la playa que se llevaba cada día a casa sin querer, como disfrutaba con esos restos de playa viéndolos caer de su cuerpo cuando iba a ducharse y finalmente viéndolos escurrirse con el agua hasta desaparecer por el desagüe.
Así que es eso, hay que deshacerse de las cosas como nos deshacemos de la arena que queda pegada al cuerpo, de las mentiras que nos inventamos alrrededor de cada objeto y de algunas personas para darles más relevancia de la que realmente tienen. Hay que deshacerse de estas horas muertas mirando un paisaje traicionero que a menudo se hunde bajo los pies del paseante más experimentado.
Aquella expresión "pantera azul eléctrico" era bastante bonita, Brigitte se pregunta si al menos eso puede guardarlo, esa idea simplemente, y no hay una respuesta...
miércoles, 27 de agosto de 2008
el silencio antes de...
Todo empieza con un sonido, el teléfono que suena en una casa de dos pisos vacía, se descorre el velo de oscuridad lentamente desde el sueño de Enrique.
Por cada rincón estático el timbre suena, pero no hay más movimiento que el de sus ojos desperezándose. De pronto, una ventana se abre sin ser invitada a ello, el viento húmedo azota el estudio, deja unas cuantas hojas muertas sobre el escritorio, tira al suelo las escritas por una mujer... el viento viaja por las habitaciones dejándo en cada una su olor y esa sensación de frío otoñal que provoca un temblor agradable al atraparnos. Agradable, sí, llega hasta él, le pilla desprevenido con los pies desnudos, se revuelve en su nido de sueños y esconde rápidamente su desnudez de la mañana.
Con los pies escondidos, Enrique se vuelve a dormir y por fortuna la casa vuelve a encontrar paz, ausencia de movimientos y de sonidos violentos. Sin teléfono que aulle, sin ojos moviéndose ni pies respondiéndo instintivamente, quedan las paredes calladas recibiéndo lo que la ventana abierta les ofrece. Hay ruidos allí fuera, pero están lejos, tan lejos... hay un autobus que se para frente a la casa y permanece 20 minutos delante con el motor en marcha, pero el sonido rebota por las paredes con suavidad hasta ser devuelto a la calle educadamente. El parqué del estudio gime en tono bajo, aguantándo los embistes de la humedad exterior y los rayos de sol.
En la cocina el frigorífico mantiene una sintonía continua como un pájaro en celo, la continuidad de su gorjeo es tal que sirve de acompañamiento a la respiración del hombre que dormita en alguna otra habitación. En la cocina el suelo no cruje, pero está helado, los días cada vez más frescos han contribuido a ello, pero es que esta noche ha sido especialmente fría y ahora ese viento que se cuela por todas partes besa el marmol, lo acaricia sin pudor, se descubre de intenciones y lo posee. Todo es tensión sexual en la cocina, con esa electricidad alimentando frigorífico, congelador, microondas, el fuego que ella utilizó como escusa para no besarle -hay que hacer la cena, es ya muy tarde- cocinar para evitar el sexo, qué triste.
En el baño también hace frío, de hecho allí es donde más frío se siente porque su ventana ha permanecido abierta toda la noche, pero la puerta está bien cerrada, por eso tal vez el aliento helado que se revuelve dentro de esta habitación no se ha filtrado al resto de la casa. El baño siempre tiene la ventana abierta, salvo cuando Enrique se ducha, el frío del otoño y del invierno se quedan a vivir allí como un invitado que no encuentra la hora de marcharse, como si ese invitado hubiese tomado algún whisky de más y de vez en cuando hiciese preguntas poco apropiadas con una sonrisa sincera pintada en la cara, una sonrisa de hielo con la que refrescar su propia bebida.
Todos esos muebles que se ven al pasar de una habitación a otra, cada objeto, cada foto, cada pelo caido sobre el sofá o en la bañera son señales de que esta quietud no tiene nada que ver con la muerte, simplemente es lo que sucede cuando no estamos o cuando los que están se han sumergido en algún sueño que les ha enviado lejos de su cuerpo. Los pelos de Enrique están en el sillón de orejas verde, en su peine sobre el lavabo y en la almohada donde ahora duerme. Hay un par de uñas suyas en la habitación de los niños, que ya no viven allí y su armario entero huele a esa colonia de musgo que tanto le gusta.
Mientras él duerme el viento que abrió la ventana del estudio llega hasta el salón y tira uno de los pelos del sillón al suelo, del mismo modo que hiciera en la habitación anterior con aquellas hojas escritas con letra de mujer... pronto terminará esta paz, pero volverá en cuanto él cierre desde fuera la casa y entonces el silencio será otro, y cada pared esperará su vuelta como un animal fiel que prefiere ser castigado por morder los zapatos a estar solo nuevamente.
Por cada rincón estático el timbre suena, pero no hay más movimiento que el de sus ojos desperezándose. De pronto, una ventana se abre sin ser invitada a ello, el viento húmedo azota el estudio, deja unas cuantas hojas muertas sobre el escritorio, tira al suelo las escritas por una mujer... el viento viaja por las habitaciones dejándo en cada una su olor y esa sensación de frío otoñal que provoca un temblor agradable al atraparnos. Agradable, sí, llega hasta él, le pilla desprevenido con los pies desnudos, se revuelve en su nido de sueños y esconde rápidamente su desnudez de la mañana.
Con los pies escondidos, Enrique se vuelve a dormir y por fortuna la casa vuelve a encontrar paz, ausencia de movimientos y de sonidos violentos. Sin teléfono que aulle, sin ojos moviéndose ni pies respondiéndo instintivamente, quedan las paredes calladas recibiéndo lo que la ventana abierta les ofrece. Hay ruidos allí fuera, pero están lejos, tan lejos... hay un autobus que se para frente a la casa y permanece 20 minutos delante con el motor en marcha, pero el sonido rebota por las paredes con suavidad hasta ser devuelto a la calle educadamente. El parqué del estudio gime en tono bajo, aguantándo los embistes de la humedad exterior y los rayos de sol.
En la cocina el frigorífico mantiene una sintonía continua como un pájaro en celo, la continuidad de su gorjeo es tal que sirve de acompañamiento a la respiración del hombre que dormita en alguna otra habitación. En la cocina el suelo no cruje, pero está helado, los días cada vez más frescos han contribuido a ello, pero es que esta noche ha sido especialmente fría y ahora ese viento que se cuela por todas partes besa el marmol, lo acaricia sin pudor, se descubre de intenciones y lo posee. Todo es tensión sexual en la cocina, con esa electricidad alimentando frigorífico, congelador, microondas, el fuego que ella utilizó como escusa para no besarle -hay que hacer la cena, es ya muy tarde- cocinar para evitar el sexo, qué triste.
En el baño también hace frío, de hecho allí es donde más frío se siente porque su ventana ha permanecido abierta toda la noche, pero la puerta está bien cerrada, por eso tal vez el aliento helado que se revuelve dentro de esta habitación no se ha filtrado al resto de la casa. El baño siempre tiene la ventana abierta, salvo cuando Enrique se ducha, el frío del otoño y del invierno se quedan a vivir allí como un invitado que no encuentra la hora de marcharse, como si ese invitado hubiese tomado algún whisky de más y de vez en cuando hiciese preguntas poco apropiadas con una sonrisa sincera pintada en la cara, una sonrisa de hielo con la que refrescar su propia bebida.
Todos esos muebles que se ven al pasar de una habitación a otra, cada objeto, cada foto, cada pelo caido sobre el sofá o en la bañera son señales de que esta quietud no tiene nada que ver con la muerte, simplemente es lo que sucede cuando no estamos o cuando los que están se han sumergido en algún sueño que les ha enviado lejos de su cuerpo. Los pelos de Enrique están en el sillón de orejas verde, en su peine sobre el lavabo y en la almohada donde ahora duerme. Hay un par de uñas suyas en la habitación de los niños, que ya no viven allí y su armario entero huele a esa colonia de musgo que tanto le gusta.
Mientras él duerme el viento que abrió la ventana del estudio llega hasta el salón y tira uno de los pelos del sillón al suelo, del mismo modo que hiciera en la habitación anterior con aquellas hojas escritas con letra de mujer... pronto terminará esta paz, pero volverá en cuanto él cierre desde fuera la casa y entonces el silencio será otro, y cada pared esperará su vuelta como un animal fiel que prefiere ser castigado por morder los zapatos a estar solo nuevamente.
sábado, 2 de agosto de 2008
Veranos de scrabble y juegos de Ada y Van en Ardis... y de un viaje a la patria de Nabokov...
Part 1, Chapter 15
One afternoon they were climbing the glossy-limbed shattal tree
at the bottom of the garden. Mlle Larivière and little Lucette,screened by a caprice of the coppice but just within earshot,were playing grace hoops. One glimpsed now and then, aboveor through foliage, the skimming hoop passing from one unseensending stick to another. The first cicada of the season kept trying out its instrument. A silver-and-sable skybab squirrel sat ampling a cone on the back of a bench.
Van, in blue gym suit, having worked his way up to a fork jst under his agile playmate (who naturally was better acquainted with the tree's intricate map) but not being able to see her face, betokened mute communication by taking her ankle between finger and thumb as she would have a closed butterfly.
Her bare foot slipped, and the two panting youngsters tangled ignominiously among the branches, in a shower of drupes and leaves, clutching at each other, and the next moment, as they regained a semblance of balance, his expressionless face and cropped head were between her legs and a last fruit fell with a thud—the dropped dot of an inverted exclamation point. She was wearing his wristwatch and a cotton frock.
("Remember?" "Yes, of course, I remember: you kissed me here, on the inside—" "And you started to strangle me with those devilish knees of yours—" "I was seeking some sort of support.")
That might have been true, but according to a later (considerably later!) version they were still in the tree, and still glowing, when Van removed a silk thread of larva web from his lip and remarked that such negligence of attire was a form of hysteria.
"Well," answered Ada, straddling her favorite limb, "as we all know by now, Mlle La Rivière de Diamants has nothing against a hysterical little girl's not wearing pantalets during l'ardeur de la canicule."
"I refuse to share the ardor of your little canicule with an apple tree."
"It is really the Tree of Knowledge—this specimen was imported last summer wrapped up in brocade from the Eden National Park where Dr. Krolik's son is a ranger and breeder."
"Let him range and breed by all means," said Van (her natural history had long begun to get on his nerves), "but I swear no apple trees grow in Iraq."
"Right, but that's not a true apple tree."
Texto sacado de la página: http://www.ada.auckland.ac.nz/, que contiene el libro íntegro
El lunes marcho a Rusia....
One afternoon they were climbing the glossy-limbed shattal tree
at the bottom of the garden. Mlle Larivière and little Lucette,screened by a caprice of the coppice but just within earshot,were playing grace hoops. One glimpsed now and then, aboveor through foliage, the skimming hoop passing from one unseensending stick to another. The first cicada of the season kept trying out its instrument. A silver-and-sable skybab squirrel sat ampling a cone on the back of a bench.
Van, in blue gym suit, having worked his way up to a fork jst under his agile playmate (who naturally was better acquainted with the tree's intricate map) but not being able to see her face, betokened mute communication by taking her ankle between finger and thumb as she would have a closed butterfly.
Her bare foot slipped, and the two panting youngsters tangled ignominiously among the branches, in a shower of drupes and leaves, clutching at each other, and the next moment, as they regained a semblance of balance, his expressionless face and cropped head were between her legs and a last fruit fell with a thud—the dropped dot of an inverted exclamation point. She was wearing his wristwatch and a cotton frock.
("Remember?" "Yes, of course, I remember: you kissed me here, on the inside—" "And you started to strangle me with those devilish knees of yours—" "I was seeking some sort of support.")
That might have been true, but according to a later (considerably later!) version they were still in the tree, and still glowing, when Van removed a silk thread of larva web from his lip and remarked that such negligence of attire was a form of hysteria.
"Well," answered Ada, straddling her favorite limb, "as we all know by now, Mlle La Rivière de Diamants has nothing against a hysterical little girl's not wearing pantalets during l'ardeur de la canicule."
"I refuse to share the ardor of your little canicule with an apple tree."
"It is really the Tree of Knowledge—this specimen was imported last summer wrapped up in brocade from the Eden National Park where Dr. Krolik's son is a ranger and breeder."
"Let him range and breed by all means," said Van (her natural history had long begun to get on his nerves), "but I swear no apple trees grow in Iraq."
"Right, but that's not a true apple tree."
Texto sacado de la página: http://www.ada.auckland.ac.nz/, que contiene el libro íntegro
El lunes marcho a Rusia....
jueves, 24 de julio de 2008
june entre mis dedos

June era peligrosa, pero no cruel. Además, el peligro es subjetivo...
La pauvre June, la pauvre Anaïs... no hay piedad para ellas, cada una con su carga.
Él decía que ella había sido la culpable de todo, la que le había abandonado. Imagina por un segundo que no fue así, que tanto misterio y aire de vampiresa, de las que clavan los comillos y hacen brotan la sangre del cuello, que todo eso sólo estaba en la cabeza de los hombres (y de algunas mujeres).
Claro que interpretaba un papel, como todos, lo que pasa es que ella se sabía el suyo a la perfección y no cometía errores ni en las palabras ni en la imagen.
Un, dos, tres, mano de hombre acercándose dubitativa hacia su piel. Cuatro, cinco, seis, respuesta firme, tierna.. y ya está, ahora ella es la culpable, pero.. ¿quién comenzó el juego?
Algo de Valente para comprender mejor...
como si uno a otro se negasen sin negar el deseo
y en esa negación un nudo más fuerte que ellos mismos
indefinidamente los uniera.
¿Qué sabían los ojos y las manos,
qué sabía la piel, qué retenía un cuerpo
de la respiración del otro, quién hacía nacer
aquella lenta luz inmóvil
como única forma del deseo?
jOSÉ aNGEL vALENTE.
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