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lunes, 28 de septiembre de 2009

y se fue...

Nada más entrar le azota un olor a pánico extinguido, a batalla perdida con víctimas que nadie se ha molestado en recuperar del campo, que llevan casi una semana pudriéndose ante la indiferencia de todos. El sentido del olfato le lleva primero hasta el salón donde le recibe una nube de moscas apostada sobre la mole del cadáver de la tortuga. Empieza a gritar el nombre de Audrey mientras se cubre la nariz y la boca con un pañuelo impoluto. Camina de salón en salón conteniendo el impulso de correr gracias al miedo, vuelve al pasillo, pasa por delante del baño sin mirar dentro, pero en el dormitorio no hay nadie y vuelve atrás. Por fin empuja la puerta del baño con un pie y la encuentra rígida y gris sobre el mármol. La sangre del pie está completamente seca, pero una mosca se afana en lamerla. Otra camina por su pelo como quien recorre orgulloso un terreno que acaba de adquirir para plantar hortalizas. Alfredo intenta espantarlas, la del pelo se va, pero la del pie se queda para seguir emborrachándose con la sangre caducada.

domingo, 27 de septiembre de 2009

a Audrey le quedan dos telediarios...

La gotera del baño ha cavado un orificio en el que se ahoga el sonido de los suicidios de las gotas. El polvo va asentándose sobre los cuerpos fríos de los últimos habitantes.

jueves, 21 de mayo de 2009

Turner. Rain, steam and speed

El salón parecía haberse quedado en una época muy anterior a la modernidad que reflejaban las fotografías, se trataba de un espacio romántico, los cuadros eran reproducciones de Turner. Al apartar la hiedra encontró una copia de “lluvia, vapor y velocidad”, sin saber, claro está, lo que tenía delante. En otra pared se escondía la “tormenta de nieve”, con todo su pesimismo convenientemente tapado. Audrey no sabía nada sobre Turner, pero le pareció curioso encontrar tanta lluvia y vapor de agua dentro de su bosque selvático, en unos cuadros que parecían ventanas con vistas mucho más lógicas para ese interior que la ciudad.

viernes, 15 de mayo de 2009

Audrey ya va casi por 40 folios...

Invariablemente, las noches se acompañaban de vino y cielos estrellados. En Tanzania resulta más fácil orientarse por la noche, el cielo se convierte en un mapa que guía con exactitud al viajero. Ellos no viajaban por la noche, pero si soñaban que lo hacían allí arriba, visitando el silencio negro y brillante, nadando de una estrella a otra, cogiendo algunas para plantar un jardín de luz justo antes de dormir.
Aunque la ignoréis, se está haciendo mayor...

jueves, 30 de abril de 2009

DE CÓMO DECIDÍ NO SUICIDARME

Al entrar en mi nuevo piso, al cerrar la pesada puerta blindada detrás de mí, una gran parte del pasado se hizo polvo con el golpe. Dentro del gigantesco recibidor, la luz tenue y muchas sombras dibujaban un paisaje que me costó largo rato comprender. Cada imagen era nueva, al igual que cada ruido, siempre me ocurre cuando entro por primera vez en un lugar. Después, cuando los lugares se vuelven familiares, trato de recordar aquellas primeras impresiones deconstruidas y la mayoría de las veces me resulta imposible, las piezas fueron siempre las mismas, el problema está en su encaje.

El primer día, los primeros minutos en la casa, nada tenía sentido. El recibidor me pareció espantosamente grande y vacío, con un paraguas negro cubierto por toneladas de polvo gris como única decoración. Desde la cocina llegaban sonidos que en aquel momento tampoco era capaz de identificar, todo era extraño: el tono sepia de la habitación que me empezaba a teñir también a mi desde los pies, las sombras translúcidas de hojas de árbol que llegaban desde una habitación al fondo a la izquierda, la luz cortada por una sombra opaca y recta de la habitación de enfrente, el paraguas, mi nuevo paraguas, los sonidos de la cocina que estaba junto a él. En aquel primer momento identifiqué los sonidos de la cocina como una sombra más del recibidor, eso sí lo recuerdo bien.

Al cerrar de un golpe había acallado las miserias de la no vida que llevaba hasta el segundo antes de entrar y los elementos de mi nueva vida, a la que había llevado ropa, vino, veneno y poco más por toda mudanza, cada uno de esos elementos me invitaba a cambiar de planes. Yo me había dado una semana de plazo, como quien compra un vestido del que no está muy convencido y lo deja dentro de la bolsa con la etiqueta, sabiendo que en pocos días tendrá que sacarlo y decidir sobre él.

La diferencia era que yo ya había tomado mi decisión antes de entrar, una decisión firme y tranquilizadora que por fin daba sentido a algunas horas. No recordaba la última vez que había sido capaz de dotar de contenido al tiempo, por eso cuando cerré aquella puerta y sentí cómo un bendito silencio se llevaba los lamentos más patéticos del cuerpo, mi primera reacción fue reafirmarme en el plan.


Me acerqué a una habitación de camino al paraguas, la de la sombra de ángulo recto. La puerta estaba arrancada y yacía en delicado equilibrio, apoyada sobre una pared. No había nada más dentro de esa habitación, la puerta en equilibrio y pintura descascarillada. Cuando llegué al paraguas posé mi mano encima, sobre él surgió una sombra negra libre de polvo, mi mano fue desembarazándose de los restos de camino a la cocina, pero algo quedaría incluso hasta el día siguiente.

En la cocina había dos neveras que no dejaban de quejarse como grillos metálicos, había una silla junto a la puerta y sobre la silla álbumes de fotografías, una cámara de cine, el comienzo de muchas explicaciones sobre la casa y sobre mí. Cogí un álbum al azar y comencé a ojearlo cuando una tortuga pasó a mi lado rumiando unas ramas lánguidas que le colgaban de la boca y se arrastraban por el suelo. La tortuga no me prestó demasiada atención, siguió su camino entrando desde el vestíbulo y saliendo por una puerta al otro lado de la cocina.
Con el álbum en la mano la seguí hasta unos salones convertidos en selva. Salones llenos de macetas que la tortuga tiraba a su paso sin inmutarse, macetas con plantas mustias pero vivas que estiraban sus brazos por el suelo y algunas paredes ocultando muebles e historias suficientes para mantener vivo mi interés más allá de la semana de plazo, mucho más allá me temí entonces.
Cuando percibí ese dulce temor de fracasar en mis planes no pude evitar sonreír, así que sonreí a la tortuga por tener un interlocutor con pulmones y corazón. La tortuga no dijo nada.
De vuelta a la cocina, dos recuerdos me pararon en seco: el hombre que alimentaba pájaros en el parque el viernes anterior, invitándome a acompañarle con la mirada y mis botas girando en dirección contraria. No sé cuánto puede uno llegar a odiarse a sí mismo, pero sé que nunca he odiado a nadie tanto como a mí en esa época. Había visto pasar las oportunidades a mi lado muchas veces sin ser capaz de atraparlas, pero aquel año ni si quiera fui capaz de aceptar las que aparecieron espontáneamente, las dos. Supongo que había aprendido a aceptar el que nadie presta ayuda a cambio de nada, ni si quiera cuando la pides directamente y se trata sólo de escuchar durante un rato. Las dos veces fue igual, una mano se tendió en mi dirección acompañada de una mirada acogedora y, después de dudar unos segundos, mi pecho se encogió mientras mis botas comenzaban a caminar en dirección contraria. Así es como uno accede al mayor grado de aislamiento posible y comienza a comunicarse con el mundo sólo a través de la observación.

Abrí de nuevo el álbum, las fotografías mostraban momentos de falsas vidas dentro de la casa: mujeres desnudas con cara de aburridas y axilas sin depilar, una de ellas bajo la puerta en equilibrio de la habitación de al lado, parecía una mujer cortada en dos. Varias sobre otra chica en el suelo de la cocina, de su sombra negra sobre fondo blanco, de la sombra sola, manchando el suelo… busqué el lugar, quedaban restos del experimento.
En la casa no había casi nada, pero con las fotografías, los restos de todo lo pasado salían a la luz y así algo tenía un poco de sentido por primera vez. La casa se iba construyendo a medida que la miraba desde esos ojos en blanco y negro. Choqué con la silla de tanto mirar desde dentro, sin ver por dónde andaba, y el resto de álbumes cayeron al suelo bañándolo con un mar de fotografías, de pistas y explicaciones.
Por todas partes yacían chicas desnudas partidas por puertas en equilibrio, por marcos de las chimeneas (ahora escondidas bajo la maleza), suspendidas en el aire agarradas al quicio de puertas en zonas de la casa que yo aún no había visto… Ese primer día no vi ni un solo hombre, supongo que porque no quería, sólo dejé que me hablasen fantasmas femeninos.
Pude ver a través de las paredes a cada una de ellas, suspendida, con la moral cortada por la mitad y un aspecto descuidado (pelo por todas partes (“fur ethics”, genial mezcla, absurda). Era fácil estar con ellas, casi incluso fácil volver a pensar en la decepción en la que me habían hundido los últimos hombres a los que había dejado acercarse, años atrás (¿por qué la vida tiene que ser tan predecible y aún así no deja de pillarme desprevenida?).

Pendiendo como una sábana, ese día decidí comprar un bote de pinzas para asegurar cada pelo, pestaña, uña. Si tantas vidas falsas merecían ser retratadas, tal vez la mía mereciera nacer.

lunes, 30 de marzo de 2009

Un capítulo, aún sin número, de la petite histoire de Audrey y su casa encantada...

Había un pájaro bastante pequeño esperando la muerte con mucha tranquilidad. Cayó en el alfeizar de la ventana del tercer salón, de allí al parqué y quedó cubierto por una sábana de luz mientras respiraba lentamente.
Cayó mientras Audrey estaba en la cocina, preparando cangrejo y escuchando el ave maria de Schubert. La música llegaba hasta el salón, recibiendo al moribundo visitante con delicadeza y cortesía. Bajo la luz cálida y la música, el pájaro respiraba cada vez más lentamente, no para acercarse a la muerte, sino precisamente para todo lo contrario: alargar esos últimos minutos de vida tan extrañamente perfectos, tan ajenos a lo que había sido el resto de su tiempo en la tierra.

Nunca este pájaro había conocido un minuto semejante a todos esos, sobre el parqué templado, con aquella música y el delicioso aroma a comida que poco a poco también se acercaba hasta él. Es bueno morir así, era mucho más de lo que Audrey podía desear para ella misma, aunque en ese preciso momento no fuese consciente de la manera en que estaba contribuyendo a la felicidad del animal.

O mio Babbino Caro, unos ojos enfundados en plumas se entornaron al escuchar la voz de Callas. No se si lo comprendería, hasta qué punto era afortunado por irse de aquella manera, porque su cuerpo fuese conservado del frío interior gracias a aquella calidez de la casa de Audrey. Ella aún no había conseguido sentirla, y él sin embargo, la había poseido desde que cayó...
Ella llevaba un mes intuyéndola, esperándola para poder tomar la decisión de morir allí también, preparando comida que nunca era capaz de acabarse, estudiando cada planta marchita de cada salón, cada poro de la casa como si de un amante se tratase.

No... aún no lo había logrado, al entrar en el salón y ver al pájaro vivo bajo la luz y la música, comprendió la distancia entre ambos, le envidió amistosamente y le deseó lo mejor con una caricia alejada.
Seguía de pie, a cinco pasos de él, con el plato de comida en una mano y una copa con agua en la otra, cuando el animal murió. Tenía la cabeza vuelta hacia la pared, así que no llegó a verla antes de morir, pero sintió su presencia y fue por eso que quiso dejarse ir, empequeñecer un poco más y dejar de respirar.
Por un momento Audrey estuvo cerca de comprender cómo se hacía, como se moría en paz. Viendo aquél animal reposar sobre su lujoso suelo, creyó que sabía cómo debía proceder, qué debía sentir, pero la claridad duró sólo unos segundos. En cuanto el animal murió y ella se acercó a su cuerpo, todas las ideas se esfumaron y quedó de nuevo la confusión, incluso cierto miedo irracional.
Haber estado tan cerca hacía la vuelta atrás insoportable y aquel gesto en la cara del animal, tan tranquilo, si, tan consciente de su suerte… como si la atmósfera cuidadosamente trabajada por Audrey le hubiese arrullado y acompañado hasta el más mágico sueño infantil... ese gesto hería.
Tanto trabajo, tantos detalles e investigación para hacer de la casa lo que era, habían acabado recompensando al pájaro mientras ella continuaba en un aséptico estado de impermeabilidad. Separada por un cristal dolorosamente infranqueable, con cada latido cubierto de plástico negro, de bolsas de la basura.

No podía, no quería irse sin encontrar al menos un elemento de sí misma en aquella casa. Buscaba en el lugar adecuado, era el único lugar donde los ruidos se convertían en murmullos, donde al menos alcanzaba a identificar cada parte de su confusión. Estaba entre las ramas que se estiraban por el suelo, entre las raíces, las de las plantas y las de los sueños.

En esas raíces de sueños sudorosos a veces había más y a veces menos que en las paredes, que en la alcachofa de la ducha metálica, que en la música tan meticulosamente escogida con la que el pájaro había aprendido a morir(.....)